Por Luz Emilia Aguilar Z.
Publicado por Excélsior México 2012-04-12 00:08:00
La geisha Hanjo, luego de intensos momentos de pasión con Yoshio, un cliente, intercambia con él su abanico, en señal de que se pertenecen. Él promete volver por ella en breve. No cumple. La joven se entrega a la espera. Una pintora madura, Jitsuko, fascinada por la belleza de la muchacha adquiere derechos sobre ella y la lleva a vivir consigo. Día con día la geisha acude a la estación de trenes en busca de Yoshio.
La publicación de un reportaje que da cuenta de la extraña vida de la mujer del abanico que espera a su amante con la fidelidad de un perro, despierta en la pintora el temor de perder al único ser con el que ha tenido cercanía. Quiere llevársela lejos para evitar que Yoshio encuentre a la geisha y se la quite. El hombre, luego del leer el reportaje, llega a la casa de la pintora. Al verlo, la mujer del abanico reconoce el parecido del rostro con ese ser que tanto ha anhelado, pero niega que sea el hombre lleno de vida que la estremeció. ¿Es que la espera puede ser más hermosa que cualquier hallazgo? El hallazgo es concreto. La espera es polivante, infinita, incesantemente renovable. Lo que Hanjo busca quizá es aquello que Yoshio fue capaz de hacerla sentir. La geisha, más que a un hombre, ama un conjunto de signos entre el recuerdo y la esperanza. La espera se ha vuelto el centro de su existencia, un fin, un poderoso sentido. La espera es dolor. Y el dolor tiene su magia, su belleza, es una manifestación profunda de la vida, la antípoda de la vulgaridad.
Esta historia de amor, de espera, de pasiones, encuentro y desencuentro, de lucidez y delirio, es la trama de Hanjo, la mujer del abanico, de Yukio Mishima, poema dramático inspirado en la obra homónima de Zeami, creador del teatro Noh hace poco menos de siete siglos. Y es el punto de partida de la directora Raquel Araujo y el grupo La Rendija para su puesta en escena del mismo nombre, que se estrenó en Mérida, y que luego de formar parte de la programación de la pasada Muestra Nacional de Teatro, se presenta en la Ciudad de México en una breve temporada.
Una experiencia sensorial, una exploración de la belleza, un poema en el tiempo y en el espacio, un ejercicio literario, plástico, sonoro, en la frontera del performance, el ritual y el teatro. El ejercicio teatral de La Rendija rehúye el desarrollo lógico de una idea, la ilustración realista de un texto. Es un viaje a través de atmósferas, en los límites de la luz y la penumbra, en el que la música original de Gustavo Flores coadyuva a construir un complejo y breve detonador de intuiciones. La protagonista se proyecta en dos presencias: Hanako, interpretada por Roberto Franco, un actor joven, corpulento, y Hanjo, Eglé Mendiburu, una actriz madura, con la belleza serena y honda de quien ha vivido. La mujer del abanico es la dualidad de lo femenino y lo masculino, la juventud y la vejez, la fuerza y la fragilidad. A la misma Raquel Araujo la vemos en el papel de Jitsuko, la pintora, quien ama a Hanjo-Hanako más allá del erotismo. Como Yoshio, Tomás Flores deja fluir inquietud, culpa, deseo y sufrimiento. El elenco se entrega a la experiencia con la devoción de sacerdotes que ofician. En su manejo del cuerpo, sobre todo en Roberto Franco, se ve el eco de la danza Butho. No ilustran, se encuentran y desencuentran, se imaginan, evocan, inventan con la magia de un sueño, la incertidumbre y la vaguedad de un misterio. ¿Será cierto, como dice Mishima en boca de Hanjo, que el que no espera, huye?
Para la representación de Hanjo en la temporada que corre en El Galeón,Óscar Urrutia, el organizador del espacio y artífice de la luz, coloca al público cerca del escenario, en torno de la ficción. La puesta en escena transcurre sobre un montón de arena, con un manantial de polvo del desierto que mana de un dispositivo pendiente del telar, un ojo de tiempo que baña los cuerpos de los oficiantes, que inunda el espacio de arena-bruma, un paisaje habitado de fuego, agua, roca, piel, voz y energía.Hanjo, la mujer del abanico, se puede ver de jueves a domingo en El Galeón, con una duración de 50 minutos.
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